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8/7/10

Alexander I. Oparin: La chispa de la vida

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Antonio Lazcano


Editorial PAX



De acuerdo a las ideas religiosas que rigen al mundo, todos los seres han sido creados por Dios. Así según la Biblia, Dios había creado el mundo en seis días. El estudio de la historia de la religión demuestra que estos cuentos, que aparecen hechos y derechos como seres organizados, descansan en la ignorancia y en una interpretación simplista de la observación superficial de la naturaleza que nos rodea. Esta fue la razón de un estancamiento. Esa misma observación superficial hacia creer, que distintos seres vivos, por ejemplo, los insectos, gusanos, o incluso los ratones, peces y aves, no sólo podían nacer de otros animales, sino también surgir directamente, del estiércol, de la tierra, y de muchas otras cosas. Siempre el hombre tropezaba con la generación repentina, que lo consideraba como una prueba de la generación espontánea.


Oparin escribió: ¿Cuál es el origen de la fascinación de Mary-quien escribió Frankenstein- y su esposo Percy Shelley, prologuista de la misma obra-, de Robert Chambers, y de Erasmus Darwin y su nieto Charles por los efectos vivificantes de la electricidad? La respuesta se halla en los experimentos de Luigi Galvani, el célebre anatomista italiano, cuyo pavoroso desconocimiento de las propiedades de la electricidad lo convenció de que estaba ante un fluido misterioso que recorría las células, animándolas. Para los herederos del iluminismo, los descubrimientos de Galvani parecen probar que el viejo problema de la dualidad entre cuerpo y espíritu se podía resolver reconociendo que la fuerza vital y los soplos divinos no eran otra cosa que corrientes eléctricas.


Por otra parte, al igual que muchos de sus contemporáneos, Ernest Haeckel, un naturalista alemán estaba convencido de que los primeros organismos habían sido fotosintéticos; es decir, habían podido formar sus propios alimentos utilizando la luz del sol. Pero a un joven estudiante de la Universidad Imperial de Moscú llamado Alexander Ivanovich Oparin le costaba trabajo aceptar este punto de vista. No era que no le gustaran las plantas, porque como él mismo afirmó, “… aunque no sé por qué elegí desde muy joven el camino de la ciencia, cuando era todavía alumno de los primeros años del liceo, probablemente lo más importante fue el haber crecido rodeado por la naturaleza en una población rural, a orillas del gran río ruso, el Volga. A la edad de 10 años coleccioné mi primer herbario, y traté de entender la vida de las plantas”.


La labor de Oparin fue múltiple: unió el mundo de lo inerte con el de lo vivo, nos obligó a pensar en la vida misma, sentó bases para examinar científicamente la universalidad del fenómeno biológico en el cosmos, abrió las puertas al estudio de la evolución de los metabolismos bacterianos de una manera coherente y nos hizo reflexionar sobre la relación entre los organismos y su medio ambiente. El 1º de agosto de 1974, al celebrase el cincuentenario de la publicación del primer libro de Oparin, éste escribió que “…el tiempo es el juez más severo cuando se trata de juzgar la validez de cualquier hipótesis. Al mirar atrás, no puedo evitar un sentimiento de profunda satisfacción al ver que las ideas que sugerí hace 50 años han resistido la prueba del tiempo, han sido confirmadas experimentalmente y han sido desarrolladas por numerosos científicos de muchos países y de diferentes disciplinas”.


Oparin tenía razón; hoy hemos descubierto que el ARN- en un proceso llamado transcripción, una parte de la hebra paralela actúa como plantilla para formar una nueva cadena que se llama ARN mensajero o ARNm-posee propiedades catalíticas, pero no sabemos cómo se originó la síntesis de proteínas. En los textos de Oparin que aparecen en este libro, el lector encontrará una valiosísima información acerca del verdadero origen de la vida, por supuesto, todo avalado con pruebas científicas. Es un libro que no debe faltar en su biblioteca.



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